La IA no va a salvar tu lenguaje claro: va a homogeneizarlo hasta que suene a plantilla

Esta semana he leído en varios medios que la inteligencia artificial puede ser la gran aliada del lenguaje claro. Suena bien, sobre todo si trabajas con textos administrativos, contratos o páginas de ayuda donde el 85 % de lo que lees parece escrito para confundirte a propósito. Prodigioso Volcán lleva años midiendo eso en España y los datos son demoledores: millones de euros en ayudas sin gastar porque la gente no entiende las convocatorias o directamente no las encuentra.

La propuesta es tentadora. Herramientas como Clara para medir claridad, arText claro para redactar con apoyo, o simplemente pedirle a ChatGPT que simplifique un párrafo impenetrable. Tres caminos distintos — medir, asistir, generar — y todos apuntan al mismo sitio: menos fricción entre la administración y quien tiene que rellenar un formulario a las once de la noche.

El problema es que la narrativa oficial deja fuera la mitad de la ecuación. Y esa mitad es la que más me preocupa si tienes una web, una tienda o cualquier servicio donde el texto importa de verdad.

Porque mientras aquí nos cuentan que la IA abrirá la puerta a la transparencia, en inglés ya están debatiendo otra cosa: que los asistentes de escritura están aplanando el lenguaje. Un estudio de la USC publicado en Nature Human Behaviour, analizando más de 880.000 textos, concluye que tras el lanzamiento de ChatGPT la varianza en complejidad y estilo se ha reducido entre un 21 % y un 50 % en foros, preprints científicos y noticias locales. No hace falta pedirle al modelo que reescriba con tono corporativo: basta con un prompt neutro tipo «mejora la gramática» para que tu voz desaparezca en favor de la media estadística.

¿Y qué tiene que ver eso con el lenguaje claro? Mucho. Clarificar no es lo mismo que uniformar. El lenguaje claro busca que encuentres lo que necesitas, lo entiendas y lo uses. Pero si todo el ecosistema converge hacia las mismas estructuras, las mismas transiciones y las mismas fórmulas de cortesía, ganas legibilidad y pierdes señal. Tu ayuda al cliente suena igual que la del competidor. Tu FAQ parece generada en la misma fábrica que la del banco de al lado. Y el lector, que cada vez detecta mejor el olor a IA, empieza a desconfiar antes de leer la primera línea.

En ticweb.es llevamos tiempo viendo cómo las pymes copian prompts de LinkedIn para reescribir textos legales, condiciones de uso o emails de soporte. El resultado suele ser más corto, sí. También más genérico. Y a veces peligroso: los propios expertos en lenguaje claro advierten que los modelos pueden sustituir términos jurídicos por sinónimos que no cubren la misma obligación, o eliminar excepciones que parecen redundantes pero no lo son. La revisión humana no es un optional extra; es lo que separa un texto claro de un texto claro pero incorrecto.

Lo irónico es que la solución que empieza a circular en foros técnicos no pasa por pedirle al modelo que «suene más humano» — otro eufemismo inútil — sino por imponerle guías de estilo concretas. GOV.UK para servicios públicos, 18F para formularios, stylebooks que limitan longitud de frase, prohíben ciertas palabras y obligan a poner la petición del lector arriba del todo. En otras palabras: reglas editoriales que antes seguía un redactor, ahora empaquetadas para un agente. La IA no inventa criterio; lo hereda o lo inventa mal.

Graphite publicó hace poco que más de la mitad de los artículos nuevos en la web ya pasan por IA. La mayoría son guías genéricas, notas de producto, SEO de relleno. Justo el tipo de contenido que nadie echa de menos cuando desaparece. Si tu estrategia de contenidos consiste en simplificar páginas existentes con un chatbot, puede que estés optimizando la forma mientras matas la sustancia. El lenguaje claro sin contexto de negocio es decoración.

Desde el lado práctico, lo que sí veo que funciona — y aquí bajo un poco el tono — es usar la IA como linter, no como autor. Pasarle un borrador tuyo para detectar jerga, frases demasiado largas o términos inconsistentes. Medir con herramientas específicas antes y después de una campaña de simplificación. Entrenar al equipo con asistentes que enseñan mientras escribes, no que escriben por ti. Es más lento. También es lo único que conserva matices legales, tono de marca y responsabilidad cuando algo sale mal.

Lo que no me cuadra del relato optimista es la premisa silenciosa: que el cuello de botella del lenguaje claro es técnico. No lo es. Es organizativo. Las instituciones no simplifican porque les falta un modelo de lenguaje; simplifican mal porque nadie asume el coste de revisar, porque el abogado interno no quiere firmar una versión «para tontos», porque el diseñador maqueta el PDF antes de que alguien reescriba el párrafo crítico. La IA no arregla eso. Lo disfraza con una interfaz bonita.

Si gestionas una web o un servicio digital, piénsalo así: ¿prefieres que tu usuario entienda un texto imperfecto pero preciso, o uno impecable gramaticalmente que omite la excepción que le hubiera ahorrado una reclamación? La claridad sin veracidad es marketing. Y el marketing con IA cada vez se detecta más rápido.

Me gustaría que el debate avanzara hacia obligaciones concretas: trazabilidad de qué partes fueron generadas, quién revisó, qué guía de estilo se aplicó. Mientras eso no exista, «lenguaje claro asistido por IA» será otro sello en la PowerPoint del proveedor.

Si mañana tuvieras que simplificar la página de condiciones de tu tienda online y solo pudieras elegir una de estas dos opciones — dejarla en manos de un modelo sin revisión humana o mantener el texto actual aunque sea denso —, ¿cuál publicarías sabiendo que tu nombre aparece en el pie de página?

Fuentes

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